miércoles, 9 de enero de 2013

69 ~ Bracelets.

LO SIENTO. No tengo perdón alguno, lo sé. Pero he vuelto. Debéis odiarme, soy una pésima escritora (en cuanto a constancia se refiere). No puedo daros motivos pues son demasiado personales como para ir contándolos a todo viento, pero no he tardado tanto por simple vaguería, eso tenedlo por seguro.

Me gustaría dedicar este capítulo a @LikeJuddy ,porque soy muy fan de su reacción al saber que estaba escribiendo de nuevo por Skype; a @IreneBurton ,porque... porque sí, y punto; y a @NoGuidinLight ,porque me alegra enormemente haber podido volver a hablar con ella aunque fuera de... ¿en qué se diferencia el catalán del mallorquín?
Os quiero, bitches.

Y aquí tenéis. Espero que os guste al menos un poquitito.




No resultó del todo agradable la idea de Danny de salir fuera a que nos diera el aire. ¿Motivo? Demasiado aire. O no aire, sino frío. Al final acabé con una manta rodeándome, y yo encogida dentro. Aunque Danny también había cogido otra, a él no se le veía temblar bajo el grosor de ésta.

Sabía que ese era el momento en el que yo comenzaba a hablar, pero tenía miedo. Mucho. Y era incapaz de decir palabra. No creo que el castañeo de mis dientes ayudara mucho a dicha tarea, pero mi momento de decisión había pasado para dejar las dudas salir a flote de nuevo.

¿Cambiaría su opinión de mi cuando le contara lo que ocurrió? Quizá fuese aquel mi mayor miedo, mayor incluso que el de confesarme por primera vez. ¿Qué pensaría después de saber lo realmente ocurrido? Siempre había odiado dar lástima, y contárselo sería dar el paso para que sintiera eso hacia mí. Solo quizá.

  • Alice...
  • Espera un segundo -le corté.
  • Solo iba a decirte que...
  • Calla. Voy a contártelo, pero necesito concentrarme un momento -expliqué.

Y conseguí concentrarme. Al menos un poco. Lo necesario para poder comenzar a relatar la historia que nadie sabía excepto mis familiares, Anna y Saray. Yo nunca fui capaz de contarla, pero otros si lo fueron. No pudieron contar con detalles explícitos, pero yo tampoco pude dárselos a Danny esa noche. Le conté básicamente lo que todo el mundo sabía:

    Era una tarde-noche de enero, el veintiséis de enero para concretar más. Llovía a cántaros, pero mi padre y yo tuvimos que coger el coche por una urgencia, o al menos fue eso a lo que llamamos nosotros. Mi madre nos advirtió del mal tiempo, y de que habían predicho que empeoraría, pero no le hicimos caso. Nunca habíamos tenido una oportunidad como aquélla y no podíamos desaprovecharla. Aunque habría sido mejor esperar al día siguiente...
    El término de llover a cántaros se quedó corto en poco tiempo para la tormenta que comenzó. Mentiría al decir que no estaba asustada, pero en ningún momento lo mencioné, y el motivo era claro: ansiaba la recompensa de ese viaje. Más me valdría no haberla ansiado de aquél modo, haberle dicho a mi padre que diera media vuelta, que no importaba si no podíamos encontrar lo mejor, con algo medio o incluso bajo nos bastaría. Pero desde que tenía conciencia había deseado tener lo que al final no pude llegar a tener de todos modos.
    Íbamos por el autopista y la visibilidad era casi nula. Mi padre conducía despacio, y yo vigilaba desde el asiento de atrás por si podía ver algún movimiento inusual del que avisarle. Pero ninguno de los dos vimos aquel coche.
    Fue todo tan rápido... que parecía increíble que siguiera doliendo como dolía el recuerdo. Ojalá ese dolor que sentí en el pecho cuando la música paró al haber chocado el coche contra el lado del conductor del nuestro no siguiera apareciendo cada vez que lo recordaba, pero era incapaz de alejarlo de mí. La sensación de llamar a mi padre, presa del pánico, y que él no me contestara. Me dolía todo el cuerpo, pero quizá si el hubiera sobrevivido, y me hubiera dicho sencillamente que solo habían sido unos rasguños de nada, yo me lo habría creído.
    Pero no sucedió así. Mi padre perdió la vida en ese maldito accidente de coche y yo salí viva. Durante mucho tiempo necesité de ayuda profesional: creía de verdad que no merecía vivir cuando no tenía a mi padre al lado, pensaba y estaba convencida que todo fue culpa mía, que si yo no hubiese tenido tanta ilusión en aquel viaje que cualquier otro día me habría convertido en la niña más feliz de la galaxia mi padre seguiría junto a mí, deseaba poder intercambiar el lugar que él ocupaba por él mío. Era mi padre quien merecía seguir viviendo y no yo.

Fue una final de narración forzado por culpa del nudo que se había instalado en mi garganta y que parecía que se quedaría ahí por un buen rato. Había aguantado increíblemente las ganas de llorar. Y se podría decir que me sentí aliviada, al menos un poco, al acabar de contarle ese trozo de historia a Danny.

Cuando me giré para ver su reacción se me partió un trozo del corazón. Estaba inmerso en la vista del horizonte; algún lugar al fondo de su jardín, o de su mente. Sus ojos brillaban, y no precisamente como brillaban al mencionar a Georgia en cualquier momento del día. Brillaban porque contenían lágrimas, lágrimas que no parecían haberse derramado pero que estaban ahí, y yo las podía ver.

Le miré durante mucho rato, hasta que sus ojos volvieron a la normalidad en cierto modo, pues seguía con la mirada en algún punto fijo, inmerso quizá en a saber qué pensamientos. Por eso pegué un bote en el asiento cuando de pronto carraspeó, y, sin mirarme, me preguntó:

  • ¿Te apetece un chocolate caliente? Hace rasquilla...
  • Ehm... Sí... Claro -murmuré yo, a duras penas.

Estuve cinco minutos sola en el jardín pues los perros habían preferido también irse con Danny. No los culpaba por ello, de hecho, habría deseado poder ser ellos; seguro que habían visto y disfrutado más de lo que podría hacer yo nunca... Pero Danny llegó, y esta vez sin perros. Tontos no eran, con el frío que hacía fuera...

Me ofreció una taza de un chocolate que olía de maravilla y abrasaba, incluso, las manos. Pero era agradable sentir calor en ellas. Pasamos largo rato sin hablar, pero yo ya no tenía más que decir. Lo había contado todo, y me sentía bien, pero probablemente no fuera el mismo sentimiento que Danny sentía. Me preocupaba, por supuesto, pero no pude hacer más.

Acabé por dejar mi taza, ya vacía, encima de la pequeña mesa que tenían en el jardín, y me encogí bajo la manta de nuevo, esperando una reacción de Danny que parecía no llegar... hasta que también dejó la taza a unos centímetros de la mía, habiendo bebido a penas unos tragos.

  • ¿Puedo preguntarte algo? -Su voz sonaba lejana, como si no fuera realmente él quien hablara.
  • Sí, por supuesto -murmuré yo.
  • No. Pregunta no. Dime que todas las pulseras que llevas son por seguir la moda que también le ha dado a Dougie.

Sonaba a dolor, y mi corazón dio un vuelco al instante. Se había fijado, claro que se había fijado. ¿Cómo fui tan estúpidaa de no verlo? ¿Luego era a Danny a quien trataban de tonto? Porque ni un pelo tenía de éllo -aunque pocos tenía de listo también-. Los ojos se me inundaron en lágrimas sin remedio alguno, y quise mirarle a los ojos, pero él seguía mirando la nada.

  • Por favor -pidió.

Una lágrima se me escapó, recorriendo mi mejilla en a penas un segundo. ¿Cómo decirlo? Por supuesto que no era un moda, de eso estaba segura. Pero ¿cómo le decías a una persona, a un ídolo para concretar más, que intentaste suicidarte cortándote las venas y ahora lo ocultabas con pulseras por vergüenza a haber cometido semejante insansatez? ¿Como se suponía que se confesaba algo así?

  • Puedo... Puedo decírtelo si es eso lo que quieres escuchar...
  • ¿Pero?

Supe que le costó la vida preguntar sencillamente eso, y me dolió. Mucho. Más que las veces que quise quitarme la vida. Fue él quien, indirectamente, consiguió que dejara de hacerlo. Verle sonreír en la pantalla del ordenador hacía que automáticamente se me instalara a mí una sonrisa en la cara; ver vídeos en los que se reía como sólo él sabía conseguía que yo riera también, aun creyendo que no tenía motivos para hacerlo. Fue él, junto con el resto de McFly, quiene me salvaron, literalmente, la vida. Por eso mismo la respuesta fue sencilla:

  • Pero no puedo mentirte.
  • Oh, Alice...

Inmediatamente sentí sus brazos alrededor de mi cuello, abrazándome con fuerza, como si pudiera así conseguir que aquel dolor que causé, a mí y a mí familia, desapareciera por arte de magia. Ambos sabíamos que no podía ser posible, pero de todos modos así lo hizo.

Lloré contra su hombro, liberando una tensión que había estado acumulando desde el momento en que me senté en aquella especie de sofá para contarle a uno de mis salvadores la historia que poca gente sabía de mí. Me alegraba de poder haber roto la barrera que me impedía mostrarle al mundo la verdadera Alice, la que se derrumbó por quedar en su recuerdo la muerte de un padre que no era verdaderamente suyo en un accidente de coche en que estuvo presente y finalmente salió a flote gracias a un grupo de música que por cosas de la vida ahora formaba parte de su vida de un modo más activo de lo que nunca se habría imaginado.

Cuando me separé de él -porque sí, por increíble que parezca fui yo la que se separó de Danny-, vi cómo era evidente que alguna lágrima había derramado el también. Y me sentí horriblemente mal. Nunca imaginé cómo sería la sensación de verlos llorar, y por desgracia era ya el segundo que veía... y dolía más qu eun puñetazo en el estómago.

Pocos minutos después nos trasladamos al salón pues volvíamos a tener frío y me acomodé en un sofá, dando por hecho que ya no iría a dormir a casa de Matt porque no pensaba dejarle salir a Danny con las pintas que llevaba y tampoco le veía por la labor de volver a cambiarse.

Vimos” un partido del Bolton. Llegué a pensar que era eso lo único que hacían en la tele siempre, o que Danny debía de pagar algo, o a saber qué, pero yo siempre acababa viendo al Bolton jugar. Así que, aprovechando que Bruce y Ralphie se subieron al sofá que yo ocupaba, algo raro también porque yo creía que me odiaban, pero ahí estaban y yo me pasé el partido acariciándolos aunque ya estuvieran ambos dormidos.

  • Danny...
  • Dime -murmuró distraídamente.
  • Tengo sueño -anuncié.
  • Ve a mi habitación.
  • Pero...
  • Que vayas, la otra habitación está inservible.
  • ¿Y tú?
  • No tengo sueño.
  • ¿Pero y si te da por tenerlo?
  • Pues duermo en el sofá.
  • Pero esta es tu casa, debería ser yo la que durmiera en el sofá.
  • Pues como es mi casa yo hago lo que quiero. Así que vete a mi cama.
  • Pero...
  • ¡Shhh! Calla, o no vuelvo a hablarte en un año.
    Me había preparado para volver a protestar y me callé de glpe en cuanto finalizó la frase. No sé por qué, pero Danny se carcajeó por ello.

No sin esfuerzo pues tenía a Bruce encima mía, me levanté y sin más tonterías me fui directa escaleras arriba, no sin antes cerrar el piano con suma delicadeza. Maldito piano y las ganas de Danny de enseñarme la puta y perfecta cover de My hometown que era capaz de hacer.

  • ¡Buenas noches! -exclamó, en tono burlón.
    Le enseñé mi precioso dedo corazón, y subí las escaleras, metiéndome directamente en el lado de la cama que olía a él, pura y sencillamente por cuestión de poder fangirlear en mis sueños con más vivacidad, quizá.




A las supervivientes de este parón: sois de lo mejor que hay. GRACIAS.