POV Alice.
Supe desde un principio que ese día cambiaría mi vida por completo. Siempre había deseado irme a algún otro lugar, Londres era una de las ciudades de mis sueños, pero me costaba hacerme a la idea de que perdería todo lo cosechado en mi Mallorquita. Nunca fui una persona habladora ni a la que le gustara tener amigos, por eso solo tenía dos -Anna y Saray- y algunos otros conocidos y compañeros de clase; nada más.
Lo único en lo que podía pensar en aquel momento era en los problemas que tendría al llegar allí. Cierto era que tenía un inglés casi perfecto y que la comunicación no sería del todo imposible, pero... ¿Cómo hablarles cuando me costaba hablar en mi propia clase? No sabía con cuantos desconocidos me encontraría en aquella nueva ciudad y no me capaz de entablar una conversación normal en menos de unos meses...
La hora de los arrepentimientos llegó cuando ya tuve las maletas listas. Había metido toda mi poca ropa y los zapatos que tenía. No quise coger nada más. Confiaba en que algún día volvería a mi casita, a mi pequeña habitación, y me reencontraría con los pocos pósters que había sido capaz de recolectar, y volvería a escuchar los pocos CDs que tenía, y me quedaría allí, siendo feliz con mis queridos y... con una vida normal.
Me despedía de mi pequeño periquito amarillo, al que probablemente le quedara poco tiempo de vida pues ya había durado mucho tiempo. Era mi Chicken Little, y aunque parezca una tontería querer tanto a un simple pájaro, para mí era más que eso. ¿Sabéis lo que es ponerte a contarle todas tus penas a un animal, que sabes que, por norma general, nunca te abandonará? Pues mi pollito no me abandonó; la que lo abandonaba era yo. Echaría de menos dejarle la portezuela de la jaula abierta para que pudiera volar a sus anchas por mi habitación, pero no me lo podía llevar... Lo que iba diciendo: me despedía de Chicken Little cuando unos golpes en la puerta me sobresaltaron ligeramente; todavía no había llegado la hora.
- ¿Podemos pasar, Alice? -preguntó al otro lado de la puerta una voz que también echaría de menos: mi gran amiga Anna, compañera también de gustos musicales.
- Claro -me limité a decir yo.
Y allí estaban. Anna y Saray. Me miraban con tristeza; ninguna sabía cuándo volveríamos a vernos, pero confiábamos que fuera pronto y que no nos diera tiempo a olvidarnos las unas de las otras. Ambas vestían igual, parecían haberse puesto de acuerdo eligiendo unos shorts oscuros, una camiseta blanca -la de Anna tenía una bandera de Reino Unido estampada en la parte delantera. La de Saray, en cambio, ponía "I'm with a stupid →"-, y converse, rojas y negras respectivamente.
- Estás a tiempo de decir que no, Alice. No puedes irte... -murmuró Saray.
- Es cierto... Vamos a echarte mucho de menos -la apoyó Anna.
- Y yo a vosotras también, tontis, pero ya está decidido -dije yo.
- ¿Y te quedas así de a gusto? ¿Vas a dejarnos, con lo que te cuesta relacionarte con la gente? -se quejó Saray.
Me molesto, y mucho, que me recordara que no hacía amigos con facilidad. Pero en realidad era la verdad y... no podía discutírselo aunque no me gustara un pelo.
- Bueno, pues aprenderé a hacer amigos. Joder, que no lo hago exclusivamente porque quiera. Es también una necesidad, y lo sabéis...
- Pero Alice, tampoco conoces al hombre con el que vas a vivir -quiso convencerme Anna.
- Lo sé, pero... es mi -carraspeé- padre. Tendré que aceptarlo... -murmuré.
- ¿Te ayudará eso en algo? -preguntó Anna.
- Confío en ello.
- Entonces no volveré a decir nada al respecto. ¿Tienes tiempo para ir a dar la última vuelta? -ofreció. Sus ojos brillaron, y me emocionó.
Obviamente accedí. Todavía no había pasado la hora de comer y mi vuelo salía a las 19:05h. Me daba tiempo de sobra, por lo que dimos un paseo por Palma que no sabíamos cuándo volvería a repetirse. Comimos en un McDonalds y Anna y yo pedimos nuestro último McFly juntas; nuestro preferido era el de m&m's y caramelo.
Pero la hora llegó, aunque no sin sus correspondientes nervios, y me hallaba yo junto a mi madre en el aeropuerto por segunda vez en mi vida cuando escuchamos el aviso de mi vuelo. Podría decirse que las piernas me temblaron ligeramente... pero es que tuve que sentarme incluso por lo que conllevaba coger aquel vuelo.
- Llámame en cuanto llegues, ¿de acuerdo? -advirtió.
- Sí, mamá.
- Pásatelo bien -me dijo.
- Lo prometo. -Sonreí para alargar el momento de las lágrimas.
- Te echaré de menos, Alice... -murmuró y me abrazó. Yo también la abracé todo lo fuerte que supe- Te quiero.
- Y yo a ti... -dije. Una lágrima recorrió mi mejilla y yo me apresuré a secarla con disimulo para que mi madre no se preocupara.
Finalmente me dirigí al que sería el billete a una nueva vida. A una nueva y confiaba mejor vida. Pasé por el control y me despedí por última vez de mi madre agitando mi mano en el aire. En el avión me tocó el sitio de la ventanilla junto a una mujer mayor que estaba segura de que era inglesa y no española que quería viajar, pero no le dije nada por no perder la tradición.
No dejé de mirar por la ventanilla -ignorando mi vértigo- hasta que no dejé también de ver la pequeña isla que estaba a punto d cambiar por una de más grande y diferente...
Supe desde un principio que ese día cambiaría mi vida por completo. Siempre había deseado irme a algún otro lugar, Londres era una de las ciudades de mis sueños, pero me costaba hacerme a la idea de que perdería todo lo cosechado en mi Mallorquita. Nunca fui una persona habladora ni a la que le gustara tener amigos, por eso solo tenía dos -Anna y Saray- y algunos otros conocidos y compañeros de clase; nada más.
Lo único en lo que podía pensar en aquel momento era en los problemas que tendría al llegar allí. Cierto era que tenía un inglés casi perfecto y que la comunicación no sería del todo imposible, pero... ¿Cómo hablarles cuando me costaba hablar en mi propia clase? No sabía con cuantos desconocidos me encontraría en aquella nueva ciudad y no me capaz de entablar una conversación normal en menos de unos meses...
La hora de los arrepentimientos llegó cuando ya tuve las maletas listas. Había metido toda mi poca ropa y los zapatos que tenía. No quise coger nada más. Confiaba en que algún día volvería a mi casita, a mi pequeña habitación, y me reencontraría con los pocos pósters que había sido capaz de recolectar, y volvería a escuchar los pocos CDs que tenía, y me quedaría allí, siendo feliz con mis queridos y... con una vida normal.
Me despedía de mi pequeño periquito amarillo, al que probablemente le quedara poco tiempo de vida pues ya había durado mucho tiempo. Era mi Chicken Little, y aunque parezca una tontería querer tanto a un simple pájaro, para mí era más que eso. ¿Sabéis lo que es ponerte a contarle todas tus penas a un animal, que sabes que, por norma general, nunca te abandonará? Pues mi pollito no me abandonó; la que lo abandonaba era yo. Echaría de menos dejarle la portezuela de la jaula abierta para que pudiera volar a sus anchas por mi habitación, pero no me lo podía llevar... Lo que iba diciendo: me despedía de Chicken Little cuando unos golpes en la puerta me sobresaltaron ligeramente; todavía no había llegado la hora.
- ¿Podemos pasar, Alice? -preguntó al otro lado de la puerta una voz que también echaría de menos: mi gran amiga Anna, compañera también de gustos musicales.
- Claro -me limité a decir yo.
Y allí estaban. Anna y Saray. Me miraban con tristeza; ninguna sabía cuándo volveríamos a vernos, pero confiábamos que fuera pronto y que no nos diera tiempo a olvidarnos las unas de las otras. Ambas vestían igual, parecían haberse puesto de acuerdo eligiendo unos shorts oscuros, una camiseta blanca -la de Anna tenía una bandera de Reino Unido estampada en la parte delantera. La de Saray, en cambio, ponía "I'm with a stupid →"-, y converse, rojas y negras respectivamente.
- Estás a tiempo de decir que no, Alice. No puedes irte... -murmuró Saray.
- Es cierto... Vamos a echarte mucho de menos -la apoyó Anna.
- Y yo a vosotras también, tontis, pero ya está decidido -dije yo.
- ¿Y te quedas así de a gusto? ¿Vas a dejarnos, con lo que te cuesta relacionarte con la gente? -se quejó Saray.
Me molesto, y mucho, que me recordara que no hacía amigos con facilidad. Pero en realidad era la verdad y... no podía discutírselo aunque no me gustara un pelo.
- Bueno, pues aprenderé a hacer amigos. Joder, que no lo hago exclusivamente porque quiera. Es también una necesidad, y lo sabéis...
- Pero Alice, tampoco conoces al hombre con el que vas a vivir -quiso convencerme Anna.
- Lo sé, pero... es mi -carraspeé- padre. Tendré que aceptarlo... -murmuré.
- ¿Te ayudará eso en algo? -preguntó Anna.
- Confío en ello.
- Entonces no volveré a decir nada al respecto. ¿Tienes tiempo para ir a dar la última vuelta? -ofreció. Sus ojos brillaron, y me emocionó.
Obviamente accedí. Todavía no había pasado la hora de comer y mi vuelo salía a las 19:05h. Me daba tiempo de sobra, por lo que dimos un paseo por Palma que no sabíamos cuándo volvería a repetirse. Comimos en un McDonalds y Anna y yo pedimos nuestro último McFly juntas; nuestro preferido era el de m&m's y caramelo.
Pero la hora llegó, aunque no sin sus correspondientes nervios, y me hallaba yo junto a mi madre en el aeropuerto por segunda vez en mi vida cuando escuchamos el aviso de mi vuelo. Podría decirse que las piernas me temblaron ligeramente... pero es que tuve que sentarme incluso por lo que conllevaba coger aquel vuelo.
- Llámame en cuanto llegues, ¿de acuerdo? -advirtió.
- Sí, mamá.
- Pásatelo bien -me dijo.
- Lo prometo. -Sonreí para alargar el momento de las lágrimas.
- Te echaré de menos, Alice... -murmuró y me abrazó. Yo también la abracé todo lo fuerte que supe- Te quiero.
- Y yo a ti... -dije. Una lágrima recorrió mi mejilla y yo me apresuré a secarla con disimulo para que mi madre no se preocupara.
Finalmente me dirigí al que sería el billete a una nueva vida. A una nueva y confiaba mejor vida. Pasé por el control y me despedí por última vez de mi madre agitando mi mano en el aire. En el avión me tocó el sitio de la ventanilla junto a una mujer mayor que estaba segura de que era inglesa y no española que quería viajar, pero no le dije nada por no perder la tradición.
No dejé de mirar por la ventanilla -ignorando mi vértigo- hasta que no dejé también de ver la pequeña isla que estaba a punto d cambiar por una de más grande y diferente...
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